Junio 2001

No. 5

FORJADORES DE LA NACIÓN

"LAS DOCE ANTORCHAS"

Por Ismael Flores Hernández

En la primera carta que don Hernán Cortés remitió a los Reyes de España, haciéndoles una relación pormenorizada de sus logros en las tierras recién descubiertas y exploradas que llegarían a ser denominadas como “La nueva España”, por su parecido con la España peninsular, pidió encarecidamente a sus majestades el envío de religiosos para que se hiciesen cargo de la evangelización de los naturales de estas tierras.

Hernán Cortés hace hincapié en que se manden religiosos, esto es, frailes al nuevo mundo, pues bien sabía qué tipo de gente deberían ser los evangelizadores para los futuros evangelizados; debían los primeros estar hechos a una vida de sacrificio exenta de todo deseo de comodidades, conveniencias, etcétera, pero al mismo tiempo impregnados de una sólida piedad.


El Emperador don Carlos.

Los monarcas interpretaron correctamente los deseos de Cortés, enviando los misioneros con las características que el conquistador solicitaba. El día 13 de mayo de 1524 desembarcaron en San Juan de Ulúa (Veracruz) doce frailes franciscanos, que Alfonso Junco califica como “las doce antorchas”, al frente de los cuales vino el austero y piadoso Fray Martín de Valencia.

Los nombres de estos doce misioneros merecen estar escritos en las primeras páginas de todos los libros que tratan sobre la Historia de México. No obstante son ignorados y pospuestos por otros nombres de influencia nefasta para nuestra patria, lo más triste de todo es que ni siquiera la Iglesia de México, la cual les debe su existencia, recuerda estos doce nombres:

  • Fray Martín de Valencia.
  • Fray Francisco de Soto.
  • Fray Martín de Jesús o de la Coruña.
  • Fray Martín de Valencia
    Fray Juan Suárez.
  • Fray Antonio de Ciudad Rodrigo.
  • Fray Toribio de Benavente “Motolinía”.
  • Fray García de Cisneros.
  • Fray Luis de Fuensalida.
  • Fray Juan de Ribas.
  • Fray Francisco Jiménez.
  • Fray Andrés de Córdoba (lego).
  • Fray Juan de Palos (lego).

Estos piadosos varones, abandonando la paz conventual de que disfrutaban en España, se decidieron un buen día a cruzar el Atlántico y a internarse en tierras ignotas, de peligros y misterios.

Atrás lo dejaban todo: sus ancianos padres, sus buenos amigos, la patria querida y los gratos recuerdos de un pasado que jamás habría de volver.

En cambio el porvenir se les presentaba incierto.
Hernán Cortés, al enterarse de su llegada, hizo llamar a los caciques y principales de las mayores poblaciones de México, y en su compañía salió al encuentro de los misioneros.

Al hallarse frente a ellos, el indomable conquistador de la Gran Tenochtitlán se apeó del caballo, puso las rodillas en tierra y, de uno en uno, les fue besando a todos las manos.

Inmediatamente siguieron su ejemplo Pedro de Alvarado y los demás capitanes y caballeros españoles.

Los indios no daban crédito a lo que veían sus asombrados ojos. No podían comprender cómo los poderosos hombres blancos, que habían logrado subyugar a los feroces aztecas, se humillaban ante un insignificante grupo de hombres desarmados que por su humilde atuendo semejaban unos mendigos.

¿Qué extraños poderes poseían tan extraños e insignificantes personajes? Los indios, llenos de temor y sin comprender la actitud de Cortés, imitaron el ejemplo de los conquistadores, procediendo a besar los hábitos y las manos de los frailes.

Hernán Cortés, el recio capitán que ganara innumerables batallas y que le diera al Emperador don Carlos más dominios que los que el monarca heredara de sus augustos abuelos, demostraba con sus hechos que lo espiritual predomina sobre lo material.

Esta actitud de don Hernando la comenta Salvador de Madariaga del siguiente modo:

“Esta escena fue la primera piedra espiritual de la Iglesia Católica en México... Era además un acto en que el conquistador, hombre de fuerza, ponía su fuerza a los pies del espíritu. Hermosa escena para poner al lado de aquella otra en que Cortés, saltando ‘sobrenaturalmente’ con la barra de hierro en la mano, se alzó para atacar el rostro repugnante del dios de la sangre, como actos dramáticos tallados en la roca viva de la historia con las líneas claras y vigorosas de un carácter creador. Esta ascensión y esta humillación son los dos momentos más intensos de la vida de Cortés” 1

Los doce misioneros entraron en la Ciudad de México el 17 de junio de 1524, y a partir de esa fecha iniciaron una incansable labor tendente a propagar la fe de Cristo y la civilización humanística de la Europa del siglo XVI.

Pintura que representa el bautismo de los primeros indígenas, impartido por los Frailes (Museo Nacional de Historia)

Mariano cuevas, S.J., al referirse a estos doce frailes lo hace en los siguientes términos: “Este grupo de hombres verdaderamente espirituales serán siempre considerados como los padres de la Iglesia mexicana y constituirán siempre una verdadera gloria de la Iglesia y de España. Con ellos, sencillamente, vino la civilización y desde entonces hay un México civilizado, formado por cuantos han vivido de los principios de la fe y devoción que nos trajeron”.2

Era tal la pobreza en que vivían estos doce franciscanos que los indios, al verlos, pronunciaban muchas veces la palabra “motolinía”. Esto llamó la atención de Fray Toribio de Benavente, quien preguntó a un español qué quería decir aquel vocablo tan repetido. Le respondió su paisano.

Padre, “motolinía” quiere decir “pobre”.

Este es el primer vocablo que sé en esta lengua, dijo Fray Toribio, y porque no se me olvide éste será de aquí en adelante mi nombre.

El insigne Motolinía nos daba de esta manera un fuerte testimonio de su franciscano amor a la hermana pobreza. Este santo misionero, a lo largo de su apostolado, bautizó a más de 400 mil personas, y a él se debe en parte la fundación de la ciudad de Puebla, fundación que tuvo lugar el 16 de abril de 1531.

Los misioneros se dedicaron a aprender las lenguas indígenas, lo cual constituyó una “obra de romanos”, ya que, según Orozco y Berra, en lo que hoy es la República Mexicana había más de 180 lenguas diferentes.

Para lograr esto, los misioneros tuvieron que sufrir numerosos contratiempos; pero en cuanto lo consiguieron, su labor evangelizadora se multiplicó dando frutos copiosos al cabo de unos cuantos años.

Como dato interesante diremos que los primeros religiosos que dominaron la lengua náhuatl fueron Fray Luis de Fuensalida y Fray Francisco Jiménez, debiéndose a este último la composición de una gramática que fue de gran utilidad a los misioneros.

En medio de aquella Babel, los misioneros se vieron en la necesidad de buscar una lengua auxiliar y para ello se sirvieron del náhuatl, lengua que era dominante o conocida casi en la mitad de la actual República, de México hacia el sur, excepto la península yucateca.

Con tal ardor trabajaron los misioneros para difundir esta lengua que en 1584, desde Zacatecas hasta Nicaragua, pocos eran los indios que no la conocían.

Los doce franciscanos fueron los fundadores de la familia indígena en México, ya que desterraron la poligamia y establecieron el matrimonio católico entre los nuevos miembros de la Iglesia.

A partir de entonces la sagrada institución de la familia cristiana arraigó profundamente en nuestra patria.

Otro dato interesante digno de recordar es que el primer matrimonio se celebró en Texcoco en el año de 1526.

El mes de mayo de 1524 debe figurar en los anales de la historia de México, pues, si los conquistados habían logrado dominar a los Aztecas, todavía no sometían a todos los habitantes del nuevo territorio descubierto, y mucho menos lograban aún ganarlos espiritualmente; la doble labor consistente en conquistar material y espiritualmente a los indígenas vinieron a completarla los frailes armados de su caridad y fervor apostólico, ajenos a todo apego por los honores y las riquezas, buscando única y exclusivamente liberar a las almas de los indígenas sumidas en el más burdo paganismo, para enseñarles la buena nueva y aumentar no un imperio territorial sino espiritual.


1 Hernán Cortés, Editorial Sudamericana, 9ª. Edición, pp. 578 y 579, Buenos Aires, 1973.
2 Historia de la Iglesia en México, tomo I, Editorial Patria, 5a. edición, p. 181, México, 1946
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