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Innovación y Educación
El autor habla sobre la importancia de la innovación y la educación en la época actual.
Por: Dr. Ismael Zamora Tovar, Doctor en Educación
24/Mar/2020
UAG
En la educación es importante el pasado, esta herencia cultural filosófica, científica y tecnológica de saberes, procedimientos y valores que la sociedad desea transmitir a las nuevas generaciones y que conforman el currículo, dando certeza pedagógica al quehacer docente. Pero también importa el futuro, el cual, estamos seguros, es diferente al pasado y al presente, y es incierto. Esta tensión entre la transmisión de bienes y valores del pasado como legado bien definido y la preparación para un porvenir abierto es el contexto en el que se desarrolla parte importante de los desafíos educativos.

En esta perspectiva, entre innovación y educación hay un vínculo muy estrecho, pues la tarea educativa supone transmitir productos culturales que alguna vez fueron fruto de innovaciones y en la actualidad se perciben como históricamente consolidados en la ciencia y la tecnología.

La importancia social y económica de la innovación ha despertado el interés de los educadores para desarrollar en los estudiantes características y comportamientos que propicien la innovación en el sector productivo. La creciente competencia demanda de las empresas y sus colaboradores asumir riesgos continuos para mantenerse en un mercado en el que la introducción de innovaciones provoca transformaciones mayores en la economía.

La innovación, en su sentido más amplio, se refiere a actividades y resultados novedosos. Que hay que innovar más para educar mejor es una idea admitida desde hace tiempo y una demanda clara hacia los sistemas educativos y los docentes, lo que implica generar entornos de aprendizaje abiertos, construir verdaderos ecosistemas educativos que generen espacios de aprendizaje susceptibles de valorar ideas creativas y propuestas disruptivas pero plausibles.

En este ecosistema de aprendizaje, el profesor puede delimitar en su asignatura los entornos personales de aprendizaje de sus alumnos, utilizando para ello las tecnologías a las que acuden como fuente de información y expresión de saberes y experiencias.

Para algunos, la innovación no es solo un medio educativo, sino quizá el fin principal de la educación, pues prepara a los jóvenes para enfrentar el incierto futuro. Hoy es claro que las competencias para afrontar la incertidumbre y las capacidades creativas para hallar soluciones a problemas aún no planteados son los nuevos requerimientos para la incorporación a la vida activa en lo profesional y participativa en lo social.

Pero la educación tiene como fin el perfeccionamiento del ser humano a través de la realización de sus potencialidades para la construcción del bien común, y la consecución de una vida que no se reduce a la actividad económica y al funcionamiento en el mercado del empleo, sino que se alimenta en la confirmación cotidiana de hábitos de vida saludable y para la felicidad en el respeto al prójimo, en la justicia y la verdad.

Bajo esta circunstancia, la educación enfrenta una contradicción entre los fines declarados en el currículo y su concreción real en las aulas, y por otra parte, entre el desarrollo y la maduración del sujeto que aprende y la apertura y flexibilidad de los objetos con los que se va formando. Son aspectos que motivan una reflexión sobre la necesidad de introducir mayores innovaciones para educar, a fin de brindar mejor educación para innovar.

Es difícil creer que los jóvenes puedan formarse como ciudadanos autónomos e innovadores en entornos educativos caracterizados por rutinas y prescripciones heterónomas, por procesos burocráticos que favorecen la industrialización y hacen de los centros educativos una especie de fábrica.

Una organización puede llamarse innovadora cuando contempla las actividades de innovación como parte de su quehacer, cuando la asunción de nuevos desafíos y la revisión de las formas de trabajar forman parte de su cultura, y esta presenta las características necesarias para innovar: apertura, confianza, profesionalidad y competencia.

Ciertamente, el orden y las reglas favorecen el desarrollo; sin embargo, la excesiva regulación de los contextos educativos, los espacios controlados, los ciclos escolares rutinarios y el valor asignado a la evaluación son obstáculos para educar en la innovación.

La ponderación de dichos obstáculos permite identificar a la evaluación como el elemento más disonante para generar contextos favorecedores de la innovación, tanto en el trabajo de los docentes como en el de los alumnos. La evaluación es, en cierto modo, el referente o techo de los sistemas educativos, lo que define el ser de sus actividades cotidianas a través del deber ser que va definiendo lo que se valora.

La evaluación opera como causa final de las actividades, algo evidente en las pruebas externas estandarizadas. Lo cierto es que el valor de uso de

la evaluación en las instituciones educativas persiste solo gracias al valor de cambio asociado con una acreditación.

Finalmente, innovar es arriesgarse, pero con límites. Lo ideal es tener una combinación de tolerancia al error y capacidad para asumir riesgos calculados. Las tendencias inerciales son más fuertes que las innovadoras. El dominio de la rigidez sobre la flexibilidad es algo que hay que equilibrar; para conseguirlo, los docentes requieren un alto grado de autonomía y responsabilidad en el desempeño de su trabajo, pues su labor se desarrolla entre tensiones opuestas en relación con la innovación.

Sin embargo, los entornos organizativos en que desempeñan su trabajo los docentes son muy regulados, lo que les acerca más a ejercer una profesión burocrática, en la que el margen de autonomía y también de responsabilidad es mucho más limitado.

La transformación organizativa desde la rigidez inercial hacia la flexibilidad requerida debería equivaler a una nueva profesionalidad docente que lo distancie de la seguridad burocrática, dejando más espacio para la innovación y asumiendo, en consecuencia, mayor responsabilidad.

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