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La innovación urgente
El autor es académico de la UAG.
Por: Anuar Reza Olvera
28/Mar/2020
UAG
En su célebre texto Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, Stephen Covey señala ciertas conductas para la búsqueda de la excelencia que no pasan de moda. En primer lugar, recomienda “Empezar con un fin en mente”. En este sentido, quizá valga la pena plantear entre quienes hemos encontrado en la labor formativa a través de la educación nuestro propósito de vida, la pregunta: ¿para qué educamos? La respuesta, con matices variopintos seguramente, girará en torno a proveer a nuestros estudiantes con las herramientas necesarias para enfrentar exitosamente los retos que les depare la vida.

Sin embargo, ¿cada cuánto nos detenemos a reflexionar sobre la naturaleza de tales retos? ¿Con qué frecuencia hacemos el ejercicio consciente, lejos del dogmatismo y la ceguera de taller que nuestra profesión en ocasiones conlleva, de hacer una pausa para analizar las demandas, las tendencias que determinarán la naturaleza de dichos retos, particularmente en lo relativo al desarrollo profesional de nuestros educandos? Y en esa medida, ¿qué tan dispuestos estamos, retomando a Covey, a “afilar la sierra”, replanteándonos la pertinencia de nuestra práctica docente y hacernos con los recursos necesarios para llevarla a cabo?

¿Cuán prestos estamos a recalibrar la brújula para que nuestra labor genuinamente aumente la probabilidad de insertar sujetos productivos, innovadores, aptos, competentes en un mundo volátil, incierto, complejo y ambiguo, más que a completar planes y programas?

En este sentido, uno de los principales referentes del propósito de la educación es el estudio de la oferta y la demanda en el mundo laboral y el análisis de sus tendencias. Amén de los detalles que cada informe presente, hay coincidencia en la existencia de un mercado para el que resulta necesario formar personas con alto nivel de confianza en sí mismas, adaptables, capaces de utilizar su creatividad natural y conscientes de sus propias fortalezas y debilidades; cada vez más conscientes de sí mismos en lo emocional y lo intelectual, además de ser capaces de establecer relaciones de manera rápida, efectiva y a menudo “virtual” (Grever, 2013).

Para ello, resultan sumamente útiles las experiencias significativas de aprendizaje y el desarrollo de competencias para la vida, que según el informe 2015 del Foro Económico Mundial “New Vision for Education, Unlocking the Potential of Technology” (World Economic Forum, Boston Consulting Group, 2015) se concentran en tres categorías generales:

  • ALFABETIZACIONES BÁSICAS: enfocadas en la aplicación de habilidades básicas en actividades cotidianas (lectoescritura, álgebra, ciencias, informática, conciencia financiera y formación cívica).
  • COMPETENCIAS GENÉRICAS: enfocadas en la forma de enfrentar retos complejos (pensamiento crítico, creatividad, comunicación y colaboración).
  • CUALIDADES DEL CARÁCTER: enfocadas en la adaptación a un ambiente cambiante (curiosidad, iniciativa, persistencia, adaptabilidad, liderazgo, sensibilidad social y cultural).
La respuesta a este contexto pasa por la aceptación de que cada uno de nuestros estudiantes tiene una forma distinta de aprender; que los estímulos para el aprendizaje han cambiado; que, ante la transformación constante, la vigencia de los aprendizajes es mucho menor, volviéndose indispensable la capacidad de aprender de forma permanente y, por lo tanto, resulta necesario el uso de nuevas herramientas pedagógicas y tecnológicas.

Por su parte, Tony Wagner, de la Escuela de Educación de Harvard y una de las figuras más connotadas en el ámbito internacional en torno a temas de innovación educativa, en su obra The Global Achie-vement Gap se refiere a “Las siete habilidades de supervivencia” para describir las competencias que es imperativo desarrollar en los futuros profesionistas: 1) el pensamiento crítico y la resolución de problemas; 2) la colaboración a través de las redes y el liderazgo por influencia; 3) la agilidad y la adaptabilidad; 4) la iniciativa y el espíritu emprendedor; 5) el acceso a la información y su análisis; 6) la comunicación efectiva, oral y escrita, y 7) la curiosidad y la imaginación.

Una síntesis de la relevancia de estos elementos la ofrece Google for Education en su reciente estudio “The Future of Classroom”, donde afirma que “es posible identificar a través del análisis del big data que las habilidades del siglo XXI son predictoras del éxito laboral en el mediano y largo plazo, tan importantes como las habilidades técnicas. En el nuevo y complejo mundo del trabajo, la transferibilidad de esas habilidades permitirá a los jóvenes navegar por un mundo donde los trabajos se verán afectados por una creciente automatización, globalización y flexibilidad”.

Todo ello adquiere sentido al apreciar su convergencia con los retos que enfrentan las empresas en términos del déficit de talento en el presente, que según las tendencias tiende a incrementarse en el futuro. Al respecto, Manpower, empresa líder en la provisión de talento profesional y soluciones de capital humano, hace énfasis en que los retos que se enfrentan incluyen un ecosistema desbalanceado constituido por negocios globales, gobiernos locales y talento móvil, aunque con notables restricciones, en el que la única certeza es la incertidumbre. Asimismo, contempla nuevos modelos de negocio, donde la generación de valor se está trasladando de la estabilidad a la flexibilidad, y se están transformando los elementos que los empleadores valoran, pasando de la lealtad, las capacidades predecibles y la maestría al pensamiento innovador, la adaptabilidad y el potencial para aprender.

El reto de la Cuarta Revolución Industrial, a pesar de la importancia de la automatización, sigue siendo intensiva en fortalezas humanas y habilidades profesionales tales como la comunicación, la solución de problemas, el liderazgo y la colaboración, habilidades que hoy resulta difícil encontrar. Finalmente, aunque no menos importante, está el reto de la transformación del liderazgo, que hoy requiere capacidades como el fomento de la capacidad de aprendizaje y el espíritu emprendedor o la aceleración del rendimiento, entre otras.

Ante este escenario, queda claro que los fines de la educación son cada vez más amplios, complejos, desafiantes y sin duda estimulantes.

Todo ello permite ver la urgencia de concebir la innovación educativa, más que como un lujo, como una necesidad y una práctica constante.

Formar el talento del futuro es posible. ¿Estás haciendo lo necesario para lograrlo?

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