
Durante años se observó que pacientes con cáncer tenían menor riesgo de Alzheimer. Ahora, un estudio señala a la cistatina C como posible explicación, al activar mecanismos que ayudan a eliminar placas beta-amiloides en el cerebro.
En México solemos decir que “para los perros, los coyotes”, una expresión popular que sugiere que ciertos problemas exigen respuestas igualmente fuertes o incluso superiores.
La biología del envejecimiento parece haber encontrado algo que dialoga con ese refrán.
Durante años, estudios epidemiológicos mostraron un dato incómodo y desconcertante: un metaanálisis que incluyó a más de 9.6 millones de personas reportó que quienes habían sido diagnosticados con cáncer presentaban un 11% menor probabilidad de desarrollar enfermedad de Alzheimer.
Con razonable escepticismo, la explicación más sencilla fue atribuir esta asociación a coincidencias estadísticas, sesgos de tratamiento o a que muchos pacientes con cáncer fallecen antes de alcanzar la edad de mayor riesgo para Alzheimer.
Estudios sugieren que los pacientes que habían sido diagnosticados con cáncer tienen menos probabilidad de desarrollar Alzheimer.
Sin embargo, resultaba difícil ignorar la posibilidad de que existiera una conversación biológica entre ambas patologías, tradicionalmente consideradas enemigos distintos del envejecimiento.
Mientras el cáncer representa proliferación e invasión celular descontrolada, el Alzheimer simboliza la degeneración progresiva y silenciosa de la memoria y la identidad.
Cabe recordar que la enfermedad de Alzheimer es una de las patologías más devastadoras del siglo XXI; en México se estima que alrededor de 1.5 millones de personas la padecen.
Un hallazgo y explicación biológica
Un estudio reciente, publicado el pasado 22 de enero en la prestigiosa revista Cell, tras varios años de investigación experimental por científicos de la Universidad de Huazhong, en China, aporta una explicación biológica fascinante (Li et al., 189, 853; 2026).
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El trabajo demuestra que ciertos tumores periféricos liberan la proteína “cistatina C”, la cual puede cruzar selectivamente la barrera hematoencefálica y alcanzar concentraciones funcionales en el cerebro.
Enfermedades como el cáncer y el Alzheimer pueden compartir redes moleculares y señales sistémicas en el contexto del envejecimiento.
Cistatina C: el “pegamento molecular”
Una vez allí, la proteína activa un mecanismo inesperado: se une a los agregados de beta-amiloide (Aβ) actuando como un “pegamento molecular” que activa el receptor “TREM2” en la microglía (las células del sistema inmunológico del cerebro), favoreciendo la eliminación de placas amiloides preexistentes.
TREM2 es un regulador clave de la función microglial; su activación promueve procesos de fagocitosis, mantenimiento del metabolismo energético, quimiotaxis y degradación de agregados proteicos.
Los experimentos en modelos animales de enfermedad de Alzheimer, a los que también se
les administraron proteínas secretadas por las líneas tumorales en cultivo celular, mostraron algo más profundo: menor acumulación de placas beta-amiloides y mejor desempeño cognitivo.
El hallazgo es claro: no es el tumor el que protege o cura el Alzheimer, sino la cistatina C como “molécula clave” en la activación de mecanismos naturales de limpieza cerebral.
El desafío terapéutico actual
Por muchos años, la estrategia predominante para tratar la enfermedad de Alzheimer ha consistido en reducir la producción o bloquear la agregación de la proteína beta-amiloide (Aβ), principal componente de las placas seniles.
Para ello se han desarrollado anticuerpos monoclonales y fármacos dirigidos contra la enzima BACE1, responsable de iniciar la producción de fragmentos de Aβ propensos a agregarse.
Sin embargo, los resultados clínicos han sido limitados y continúan siendo objeto de debate (Xing y Song, Science, 389, pp. 571, 2025).
El principal desafío surge cuando las placas ya están establecidas, pues su eliminación sigue siendo uno de los mayores retos terapéuticos. En este contexto, la cistatina C podría representar, de manera hipotética, una estrategia orientada a la eliminación de placas preexistentes.
Limitaciones y paradojas
Pese a lo alentador del estudio, es importante reconocer sus limitaciones. En primer lugar, la cistatina C no modifica otras alteraciones neuropatológicas características del Alzheimer, como el mal plegamiento y la acumulación de la proteína tau.
En México, alrededor de 1.5 millones de personas padecen Alzheimer.
La proteína tau se deposita dentro de las neuronas y contribuye de manera directa a la neurodegeneración, por lo que los hallazgos descritos no corrigen todos los procesos degenerativos asociados a la enfermedad.
En segundo lugar, el aumento de los niveles plasmáticos de cistatina C no incrementa de manera proporcional el efecto protector observado.
Esto sugiere la existencia de un umbral necesario para activar TREM2, pero no un beneficio lineal indefinido y que además TREM2 no presente mutaciones.
Finalmente, algunos estudios poblacionales han señalado que niveles elevados de cistatina C circulante se asocian con un mayor riesgo de demencia.
Dr. Miguel Beltrán García, Profesor-Investigador de la UAG.
No obstante, esta relación no implica necesariamente causalidad. La cistatina C es también un marcador ampliamente utilizado de función renal, y su incremento en sangre puede reflejar procesos sistémicos relacionados con el envejecimiento, la inflamación o el riesgo vascular, factores que por sí mismos se asocian con deterioro cognitivo.
Esta aparente paradoja subraya la importancia del contexto biológico y del compartimento en el que actúan las moléculas, así como la necesidad de investigaciones clínicas adicionales que permitan comprender con mayor precisión su papel en humanos, antes de pensar en una estrategia terapéutica aplicable sin la presencia de un tumor.
Un cambio de paradigma
Más allá del mecanismo específico, este hallazgo marca un cambio de paradigma:
cuestiona la idea del cerebro como un órgano aislado y muestra que enfermedades como el cáncer y el Alzheimer pueden compartir redes moleculares y señales sistémicas en el contexto del envejecimiento.
La ciencia avanza cuando conecta lo que parecía incompatible y nos invita a entender la enfermedad no como compartimentos separados, sino como una biología integrada en la que el cuerpo entero dialoga.
A veces, comprender al enemigo es el primer paso para vencerlo.
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